Lucena

La santería de Lucena, un legado inmaterial único

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En Lucena no hay costaleros ni hombres de trono. Los pasos se llevan a la santería, una forma de portarlos que no sigue ni el modelo sevillano ni el malagueño y que no existe en ningún otro sitio. Se hace al hombro, a cara descubierta y al ritmo del tambor, sin ensayos y sin una sola regla escrita: todo se aprende de oído y de padres a hijos. Es la gran seña de identidad de la Semana Santa lucentina y, desde 2025, Bien de Interés Cultural.

El origen de la santería de Lucena

La Semana Santa de Lucena nace en el siglo XVI y vive su época de esplendor en el XVII y la primera mitad del XVIII, cuando se fundan nuevas hermandades. El XIX fue otra historia: las desamortizaciones y la prohibición de celebrar actos públicos dejaron a las cofradías muy tocadas. Precisamente en los últimos años de ese siglo la santería empieza a tomar la forma que hoy conocemos.

El punto de partida suele situarse en 1838. Ese año la Archicofradía de Nuestro Padre Jesús Nazareno abandonó el paso a correón, en el que las andas se sujetaban al pecho con correas de cuero (un sistema que todavía se ve en Casabermeja, en Málaga), y empezó a llevar al Señor a hombros. La palabra «santero» aparece escrita por primera vez en 1907, en el periódico local La Alianza, en la crónica de una procesión de Santa Teresa. Su origen no tiene misterio: el santero es el que porta a los santos.

La cara descubierta también tiene su explicación. En 1688 el cardenal Salazar ordenó que los penitentes procesionaran sin taparse el rostro. En los años veinte del siglo pasado los nazarenos adoptaron el cubrerrostro de inspiración sevillana, pero los santeros siguieron a cara descubierta. Desde los años setenta, con la refundación de muchas hermandades, la santería se consolidó como la única manera de llevar los pasos en Lucena.

Qué es santear

La palabra no tiene nada que ver con cultos afrocaribeños. En Lucena, santear es llevar el paso a hombro al toque de un ritmo de tambor propio, con un caminar firme, solemne y acompasado. A quienes lo hacen se les llama santeros. Cada año salen más de mil hombres, y la santería no se limita a la Semana Santa: los pasos de gloria se santean durante todo el año. La más señalada es la de María Santísima de Araceli, patrona de Lucena y del campo andaluz, que sale el primer domingo de mayo.

Al santear, el cuerpo y el cuello van siempre erguidos, y el paso cambia según la imagen: no se lleva igual un Cristo que una Virgen o un misterio. Los movimientos tienen nombre propio, como el maceteaó, el reposaó, el botaó o el pingaó, y cada manijero imprime su estilo sin salirse de los cánones. Si alguien canta una saeta, el trono se mece en el sitio, sin avanzar, hasta que termina.

Cuadrillas que nacen y mueren con cada paso

Las cuadrillas de santeros se forman solo para un paso concreto y se disuelven cuando termina la procesión. Al frente de cada una está el manijero, que elige a sus santeros por afinidad, respeto y experiencia, y los coloca en puestos jerarquizados. Lo normal es que una misma cuadrilla no se repita en dos santerías distintas más de una vez en la vida. Además, nada obliga a los santeros a ser hermanos de la cofradía cuyo paso llevan.

Una cuadrilla suele tener 24, 26 o 28 hombres; el trono de la Virgen de Araceli en su fiesta necesita 36. Cada santero carga entre 40 y 50 kilos, según el paso, y no hay ensayos ni relevos: la santería se hace el mismo día de la procesión y de principio a fin.

Quién es quién bajo el trono

  • Manijero: dirige el paso con el timbre. Es el equivalente al capataz y lo designa la cofradía.
  • Porrillas: ayuda al manijero desde fuera del trono.
  • Esquineros: ocupan las cuatro esquinas, los puestos de más responsabilidad.
  • Marcaor: un santero ya retirado que ajusta la altura de cada hombre con cuñas de madera bajo el trono.
  • Cuadrillero: es quien nombra al manijero. Solo se mantiene en Jesús Nazareno, la Entrada en Jerusalén y la Soledad; en el resto de cofradías lo elige la junta de gobierno entre quienes lo piden por escrito.
  • Torralbo: toca la corneta delante del paso, vestido con la túnica de santero.
  • Manijera de mantillas: la nombra el manijero, normalmente entre su mujer, su madre o su hermana, y coordina el cortejo femenino. En la Soledad puede reunir a cerca de cien mujeres.

Para marcar el movimiento, el paso se divide en dos mitades. La delantera reúne a los santeros de las esquinas del manijero e izquierda; la trasera, a los de las esquinas conocidas como «mala» y «de la salud». Al frente del trono, en lo que llaman el escaparate o la frentá, van el manijero, la esquina izquierda y sus dos varales.

Un ciclo que dura todo el año

La santería empieza mucho antes de la Semana Santa y sigue una liturgia muy marcada:

  1. La recogida del timbre. El nuevo manijero recibe la campana de su antecesor y lo celebra con lo que en Lucena llaman mojar el timbre o la remojá de la campana.
  2. Aviar la cuadrilla. El manijero visita en persona a cada santero que quiere a su lado. No hay contrato: el compromiso se cierra con un apretón de manos y un vaso de vino de la tierra.
  3. Las juntas. Entre cuatro y seis al año, sobre todo en otoño y Cuaresma. Hay junta oficial (con la cofradía, autoridades y saeteros), de esquina, de sitios (cuando se reparten los puestos) y de marca (cuando se ajustan las alturas). Son reuniones con comida y bebida en las que se estrechan lazos y se transmite la tradición oral entre toques de tambor y saetas.
  4. El recorrido previo. Días antes de la procesión, el manijero y los esquineros andan el itinerario para estudiar cada calle y detectar obstáculos, como farolas o cables.
  5. Las juntas de mantillas. En Cuaresma, la manijera explica a las mujeres del cortejo la vestimenta y el protocolo, y entrega a cada una un detalle y una banda con el color de la cofradía.

El timbre que maneja el manijero es de origen malagueño. Se usó por primera vez en Lucena a finales del siglo XIX, en los tronos de la Veracruz y del Cristo de la Humildad, y su galleta suele llevar algún motivo de la cofradía.

El día de la santería

La jornada empieza en casa. Al santero lo viste alguien con experiencia, casi siempre en familia: pantalón de medio ancho, botas negras, camisa sin cuello, una faja de algodón de unos dos metros que protege los riñones, el cinto, el pañuelo blanco al cuello, el capirote sin cubrir la cara y la túnica del color de la cofradía. Debe ir afeitado y sin pulseras ni reloj, aunque los gemelos sí están permitidos.

Después llega el café en casa del manijero, con anís, pestiños o magdalenas y las últimas instrucciones. Desde allí sale el paseíllo, el desfile de la cuadrilla hacia el templo al son del tambor (el nombre, como otras muchas palabras de la santería, viene de los toros). Ya en la iglesia, cada santero amarra al varal su almohadilla, un saco de tela relleno de lana o borra que amortigua el peso.

El momento más emocionante es la echá al hombro. Con el paso en el atrio y el Himno de España sonando, el trono se sube en tres tiempos (muslos, sangría y hombro) o de un solo tirón. El manijero pregunta «¿Estáis?» y el santero de la esquina mala responde «¡Puestos!». A partir de ahí, un familiar acompaña al paso durante todo el recorrido para dar agua a los santeros.

En el encierro todo se hace al revés. Al grito de «¡Fuera horquillas!» se retiran los soportes y el trono baja en tres tiempos: sangría, muslos y suelo. Un allegado espera al santero con una pelliza para que no se enfríe. Esa misma noche la cuadrilla celebra el refresco, una comida con los santeros todavía vestidos con la túnica, y semanas después el manijero organiza el gasto, el acto que da por disuelto el grupo.

Un vocabulario propio

La santería tiene cientos de expresiones propias, muchas heredadas del campo, de los oficios tradicionales y del mundo taurino. Estas son algunas de las que más se oyen:

  • Santo: el paso.
  • Horquillas: los soportes de madera o metal, rematados en forma de U, que sostienen el trono cuando está parado. Colocarlas es ahorquillar.
  • Horquillo: el tiempo que el trono va sobre los hombros.
  • Tomá: la orden para echar a andar.
  • Cortarse la coleta: retirarse como santero.

El tambor y el torralbo

El tambor marca el paso de los santeros con su ritmo característico y va siempre detrás del trono. Junto a él suena el torralbo, una corneta propia de Lucena que anuncia la llegada de algunos pasos con una melodía muy reconocible. El ejemplo más célebre es el Viernes Santo: hacia las seis de la mañana el torralbo anuncia la salida de Jesús Nazareno, cuya santería es la más importante de la Semana Santa. Sobre las ocho, en la plaza Nueva, se reza un miserere popular y el Señor da la primera de sus tres bendiciones del recorrido.

Ese Viernes Santo conserva además rasgos del siglo XVIII: los penitentes visten la túnica lucentina sin cubrerrostro, no van en orden y en algunos tramos pueden relevar a los santeros.

De tradición a Bien de Interés Cultural

La Semana Santa de Lucena, organizada por la Agrupación de Cofradías desde 1944, es Fiesta de Interés Turístico de Andalucía desde 2003 y tiene su origen en el siglo XVI. El Atlas del Patrimonio Inmaterial de Andalucía ya recogía la santería, y el Instituto Andaluz del Patrimonio Histórico publicó un estudio sobre ella en 2022. En marzo de 2025 la Consejería de Cultura abrió el expediente para inscribirla en el Catálogo General del Patrimonio Histórico Andaluz como Actividad de Interés Etnológico, y la santería quedó declarada Bien de Interés Cultural.

Su valor va más allá de lo devocional. Alrededor de la santería vive todo un tejido de oficios: imagineros, bordadoras, orfebres, tallistas, músicos o floristas, además de la hostelería y el comercio de la ciudad. Y la presencia de niños y jóvenes en las cuadrillas asegura que el relevo generacional siga vivo.

La próxima ocasión para verla en directo será en la Semana Santa de Lucena 2027, del 21 al 28 de marzo.

Con información de semanasantalucena.com, que se apoya en los trabajos de Francisco López Salamanca, cronista oficial de Lucena, y de Manuel Guerrero Cabrera.